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La derrota de Trump y el nuevo equilibrio del poder en Estados Unidos
Las elecciones intermedias del 3 de noviembre de 2026 representan un momento decisivo para la segunda administración de Donald Trump. Más allá de la distribución de escaños en el Congreso, los estadounidenses acudieron a las urnas para expresar su opinión sobre los primeros dos años de un gobierno caracterizado por la confrontación política, el unilateralismo y una política exterior cada vez más agresiva. El resultado constituye una advertencia para el presidente republicano: ganar una elección presidencial no significa recibir un cheque en blanco. La democracia estadounidense, con todas sus contradicciones, conserva mecanismos institucionales y electorales capaces de limitar las ambiciones del poder presidencial. La jornada electoral estuvo marcada por dos preocupaciones fundamentales: el deterioro del poder adquisitivo de las familias y las consecuencias de la confrontación militar con Irán. Trump prometió recuperar la grandeza económica estadounidense, reducir los precios y terminar con las guerras interminables en el extranjero. Sin embargo, las tensiones comerciales, la incertidumbre económica y la intervención militar en Medio Oriente terminaron convirtiéndose en problemas políticos para su administración. La contradicción entre sus promesas de campaña y las decisiones de gobierno ofreció a los demócratas una oportunidad para recuperar terreno. El electorado comenzó a pasarle factura al presidente. La magnitud de la derrota republicana resulta extraordinaria. De acuerdo con las proyecciones de las principales cadenas estadounidenses, el Partido Demócrata recuperó la mayoría en la Cámara de Representantes y conquistó el Senado, arrebatando siete escaños a los republicanos en Texas, Ohio, Iowa, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Kansas y Maine. No se trató solamente del tradicional voto de castigo que suelen recibir los presidentes durante las elecciones intermedias. La llamada ola azul penetró territorios históricamente conservadores y modificó el mapa político estadounidense. Los resultados todavía están sujetos a los cómputos definitivos, pero el cambio de mayoría está confirmado. Texas merece un zoom. Durante décadas fue uno de los principales bastiones electorales del conservadurismo estadounidense. Sin embargo, James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton y consiguió una victoria demócrata para el Senado que no ocurría desde 1988. Todavía más sorprendente fue el triunfo de Gina Hinojosa sobre Greg Abbott en la elección de gobernador. La primera mujer latina que gobernará Texas representa un cambio político de enorme significado. Otros resultados también tienen una profunda dimensión. Abdul El-Sayed se convirtió en el primer musulmán electo al Senado; Peggy Flanagan, en la primera mujer indígena estadounidense en alcanzar esa responsabilidad, y Chris Pappas, en el primer hombre abiertamente homosexual que llega a esa cámara. En la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries se perfila para convertirse en el primer afroamericano que presida ese órgano legislativo. En Georgia, Keisha Lance Bottoms obtuvo una importante victoria para los demócratas. El primer efecto de estos resultados será el establecimiento de un gobierno dividido. Trump conservará la presidencia, pero perderá el control del Poder Legislativo. A partir de enero de 2027, cuando se instale el nuevo Congreso, cualquier reforma importante deberá negociarse con los demócratas. Las iniciativas para profundizar las deportaciones masivas, ampliar los beneficios fiscales a los sectores más ricos o modificar unilateralmente las políticas sociales enfrentarán mayores obstáculos. No significa que Trump quede imposibilitado para gobernar. Conserva importantes facultades ejecutivas. Sin embargo, tendrá que escoger entre la negociación institucional y una confrontación permanente que podría paralizar al gobierno federal. El segundo efecto será la fiscalización del gobierno presidencial. Las mayorías demócratas podrán encabezar las comisiones legislativas, solicitar documentos, citar funcionarios y abrir investigaciones sobre decisiones administrativas, contrataciones, conflictos de interés y operaciones militares. También podrían iniciar procedimientos de juicio político contra funcionarios e incluso contra el presidente. Sin embargo, conviene recordar que un impeachment no significa automáticamente la destitución presidencial. El tercer efecto, probablemente el más importante para el legado político de Trump, será la pérdida del Senado. Durante décadas, los republicanos han comprendido que controlar esa cámara permite influir en la composición del Poder Judicial y garantizar la permanencia de determinadas orientaciones ideológicas más allá de los periodos presidenciales. Con una mayoría demócrata, las nominaciones de jueces federales, magistrados de la Suprema Corte y altos funcionarios enfrentarán un escenario adverso. La cuarta consecuencia será presupuestal. El Congreso tiene facultades fundamentales para aprobar el gasto público y establecer condiciones al financiamiento de las instituciones federales. Los demócratas podrán utilizar esas atribuciones para intentar modificar prioridades gubernamentales, exigir rendición de cuentas y limitar determinadas políticas presidenciales. Trump, por su parte, conservará el derecho de veto y seguramente recurrirá a las órdenes ejecutivas para mantener su agenda La quinta consecuencia será interna y afectará directamente al Partido Republicano. Trump construyó buena parte de su liderazgo sobre la idea de que solamente él podía garantizar triunfos electorales. Su capacidad para movilizar votantes, imponer candidaturas y disciplinar dirigentes parecía incuestionable. Sin embargo, la derrota de numerosos candidatos asociados con su movimiento pone en entredicho esa supuesta invencibilidad. Aunque Trump responsabilice a otros por los resultados, difícilmente podrá evitar el debate sobre su responsabilidad política. La sucesión presidencial de 2028 comenzará anticipadamente y surgirán dirigentes republicanos interesados en recuperar al partido sin depender completamente de la figura presidencial. Para México, los resultados tienen una importancia estratégica. Un Trump debilitado internamente podría mostrarse más dispuesto a negociar determinados asuntos comerciales, migratorios y de seguridad. Sin embargo, también podría recurrir al nacionalismo y a las amenazas contra sus socios internacionales para recuperar protagonismo político. La revisión del T-MEC, las medidas arancelarias, el combate al tráfico de drogas y la cooperación fronteriza seguirán ocupando lugares centrales en la relación bilateral. México debe comprender que un Congreso demócrata no significa automáticamente una política exterior favorable a nuestros intereses. En Washington existen coincidencias bipartidistas sobre diversos temas que afectan directamente a nuestro país. La guerra con Irán podría convertirse en uno de los principales factores que determinen el futuro político de Trump. El presidente que prometió evitar nuevas aventuras militares terminó involucrando a Estados Unidos en una confrontación de consecuencias imprevisibles. El Congreso demócrata tendrá mayores posibilidades de cuestionar sus decisiones, fiscalizar los recursos destinados a operaciones militares y exigir explicaciones sobre los objetivos estratégicos de la intervención. Sin embargo, tampoco podrá resolver unilateralmente el conflicto. El desenlace dependerá de la evolución militar, la diplomacia internacional y la disposición presidencial para modificar su política exterior. La guerra podría terminar siendo el principal legado negativo de su segundo mandato. Las elecciones del 3 de noviembre no significan el final político de Donald Trump, pero sí el comienzo de una etapa mucho más complicada de su presidencia. El mandatario deberá decidir si acepta los límites impuestos por el equilibrio institucional o profundiza su enfrentamiento con el Congreso, los tribunales y sus adversarios. Los estadounidenses votaron por recuperar los contrapesos del poder, no necesariamente por entregar un mandato ilimitado a los demócratas. La gran interrogante es si Trump comprenderá el mensaje. Durante sus primeros dos años gobernó como si su victoria electoral le otorgara poderes extraordinarios. Ahora tendrá que recordar que, inclu so en Estados Unidos, ningún presidente está por encima de las instituciones. La democracia estadounidense ha enviado una advertencia que trasciende sus fronteras: el poder puede concentrarse, pero también puede perderse en las urnas. Y cuando los ciudadanos deciden poner límites a sus gobernantes, ninguna retórica de grandeza nacional puede sustituir la legitimidad democrática. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce. *@onelortiz
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